Un GPS norteamericano: el cine de los hermanos Coen

Sam said, «Tell me quick, man, I got to run»

Old Howard just pointed with his gun

And said, «That way, down Highway 61».

Bob Dylan, «Highway 61 Revisited» (1965)

Todos los países y ciudades del planeta que se lo pueden permitir exhiben con satisfacción su herencia al mundo, y presumen de las grandes figuras locales que pusieron su pueblo, su región, su estado en el mapa. Con honrosas excepciones (y muerto Prince), el estado de Minnesota exhibe un orgullo ciertamente curioso: presume de emigrados, de exiliados, de gente que empezó a prosperar el día en que decidió que el estoicismo judío, el folclore escandinavo y la tundra helada en invierno no eran para ellos. Personas que se definen no tanto por ser de Minnesota como por no haber encajado allí y haber puesto oportunos pies en polvorosa: gente como Pete Docter, ese genio creador de Pixar que halló su paraíso creativo en San Francisco; o Terry Gilliam, el más glorioso zumbado de los Monty Python y Don Quijote de Minneapolis en sus ratos libres, dedicados todos ellos a lograr adaptar de una vez a Cervantes. Y, sobre todo, gente como Bob Dylan, el gran bardo de Duluth. Minnesota es un lugar tan dado a la huida que incluso sus vías de salida tienen su punto de glamour. Ahí está la Highway 61 sin ir más lejos, también conocida como «Blues Highway», una ruta que comunica el estado con otro planeta: el Delta del Mississippi, Nueva Orleans y, en general, muchos otros lugares más interesantes, y a la que Dylan dedicó una canción y un disco que le sirvió para inundar para siempre los Estados Unidos y el planeta entero con el eco eterno de su arrolladora personalidad.

Joel y Ethan Coen nacieron y crecieron en un suburbio de Minneapolis. Allí filmaron sus primeras películas en Super-8 siendo unos chavales y, sin embargo, cuando tuvieron la oportunidad de rodar su ópera prima, Sangre fácil (1984), decidieron que lo mejor, por si acaso, era irse al otro extremo del país, a Texas. La tendencia siguió en sus siguientes obras: en Arizona Baby (1987), Muerte entre las flores (1990), Barton Fink (1991) y El gran salto (1994) pasearon el hilo argumental a lo largo de Arizona, de una ciudad indeterminada del noreste en tiempos de la ley seca, de Broadway, de Hollywood o del Midtown de Manhattan. En esos años se consagraron como cineastas, conquistaron el mundo (Palma de Oro en Cannes incluida) y se pegaron un monumental batacazo crítico y de taquilla con El gran salto. Como si jugar a ser Ícaro fuera un prerrequisito para volver a poner pie en su estado natal, allí volvieron en 1996 a recomponer las alas para rodar buena parte de Fargo. El resto es historia.

Artículo completo disponible en el número 16 de la edición impresa de Jot Down: “Especial América”. También en la web.

Acerca de lamarmotaphil

Iker Zabala, ingeniero de telecomunicaciones, aficionado al cine, la música y la literatura y colaborador de la revista Jot Down. Me puse muy estupendo con los amigos, denostando con mucha suficiencia Twitter y otras "redes sociales" y jurando que jamás me abriría una cuenta ahí. He creado este blog para disimular y vencer el mono.
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