La armonía, el caos, Tarkovski y el Goskinó

No existen caminos fáciles hacia la armonía. Bueno, casi. Yo conozco uno directo y sin pérdida, de ruta y destino conocidos: el que desciende por unas escaleritas a la planta baja de la Galería Tretiakov de Moscú, el gran museo de pintura rusa de la capital. Allí se custodia una tabla del siglo XV, de 142 por 114 centímetros, que representa a tres ángeles sentados en torno a una mesa en la que se sirve un sencillo banquete: un plato de cordero. Son, según la tradición, los tres ángeles que predijeron a Abraham (Génesis, 18) el nacimiento de su hijo Isaac. Pero la tabla es un icono ruso tradicional, por lo que fue concebida como objeto de veneración y como tal no pretende un impacto momentáneo ni busca un simbolismo reducible a una fórmula conceptual, a una idea rápida encerrada en 142 por 114 centímetros. Persigue en cambio una imagen absoluta, un vistazo a lo eterno, un mosaico infinito de apreciaciones y consideraciones, un carrusel sin fin de interpretaciones. La más evidente de ellas: el ángel del centro viste ropajes celestiales (azules) y terrenales (rojos). Detrás de él se alza un árbol. Es el árbol de la vida y el ángel central es el hijo de Dios. Sostiene una mirada serena, reposada, hacia el ángel de la izquierda, que viste colores etéreos, difusos, indescifrables: es el Padre Eterno, que observa beatíficamente a sus compañeros de mesa. A su espalda se erige un edificio con una entrada sin picaporte, sin bisagras, sin goznes; sin puerta. Está siempre abierta porque es la morada celestial. El ángel de la derecha inclina la cabeza en un ángulo inferior al de las otras dos figuras. Muestra su respeto, también orienta su mirada dócil hacia el Padre Eterno y viste ropajes azules, verdes, colores fértiles. Tras él se alza un paisaje rocoso: el difícil mundo de los hombres a los que sirve de guía, orientando serenamente su mirada hacia la promesa de la morada celestial a través del compromiso del árbol de la vida. Es el Espíritu Santo.

La disposición simétrica de las dos figuras laterales, Padre y Espíritu Santo, y la curva de sus brazos, tronco y piernas diseñan una forma claramente identificable, que encierra a la figura central, al hijo de Dios: es la forma de un cáliz, en cuyo centro se sitúa armoniosamente el plato de cordero servido a la mesa del banquete. La disposición de las tres cabezas forma también una elipse incompleta, que solo cierra su recorrido al atravesar el eje de la mirada de una figura externa al cuadro: su observador, el espectador al que se invita a ese banquete, a sentarse a esa mesa para participar en el diálogo eterno, infinito, salvífico, de Padre, Hijo y Espíritu Santo. A vivir en la armonía perpetua de su silencioso juego circular de miradas. La tabla es La Trinidad, el icono ruso más célebre e importante de la historia, pintado por el monje Andréi Rubliov en torno a 1420 en el monasterio de San Sergio de Rádonezh, a las afueras de Moscú, y a cuya realización el cineasta Andréi Tarkovski dedicó en 1966 una película tan descomunal que el propio término “película”, que designa cualquier cosa en soporte metálico que se mete en un DVD, se le queda bien pequeño.

Artículo completo disponible en el número 21 de la edición impresa de Jot Down: “Especial URSS”.

Acerca de lamarmotaphil

Iker Zabala, ingeniero de telecomunicaciones, aficionado al cine, la música y la literatura y colaborador de la revista Jot Down. Me puse muy estupendo con los amigos, denostando con mucha suficiencia Twitter y otras "redes sociales" y jurando que jamás me abriría una cuenta ahí. He creado este blog para disimular y vencer el mono.
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